CRÓNICA DE UN BREVE REGRESO A VENEZUELA

Por Eduardo Parra Istúriz
Desde que salí de Venezuela con destino a Buenos Aires, en mayo de 2017, tuve la intención de regresar; el pasaje de vuelta marcaba la fecha del 21 de octubre. Lo que no podía imaginar era que Aerolíneas Argentinas iba a cerrar sus vuelos a mi ciudad natal y que tendría que esperar casi dos años para el reencuentro con un país distinto al que dejé.Efectivamente, fue apenas en febrero de este año, 2019, cuando pude respirar de nuevo el característico aroma del mar que bordea el Aeropuerto Internacional de Maiquetía y, con él, la emoción de reconocerme en el pueblo y las calles de mi vida.

Un país bajo amenaza

En realidad, un año y ocho meses pasaron. 20 meses. Pero además, 20 de los meses más intensos y surrealistas en la vida política y económica de Venezuela: protestas callejeras armadas, una inflación absurdamente alta, varios intentos (algunos bastante rocambolescos) de derrocar el gobierno y, en los últimos días, ¡dos presidentes en simultáneo!

Cuando compramos el pasaje, con mucha antelación, no podíamos imaginar que pocos días antes del viaje aparecería un presidente autonombrado que contaría con el apoyo de Donald Trump y que abriría, mediante esa alianza, un compás de guerra sobre la cabeza de los venezolanos.

A partir de los sucesos del 23 de enero, con la autoproclamación de Guaidó, la administración Trump inició una operación de amenaza militar que generó momentos de gran tensión y verdadero terror en la población venezolana y por supuesto, convertía el viaje en un ejercicio más o menos suicida. Era ir directo a un sitio en el que se esperaba que estallase una guerra.

Pero, al margen de ello ¿Qué había cambiado? Muchas cosas. No olvidemos que se trata de un país asediado por varios flancos: por una parte se arrastran las nefastas consecuencias de una pésima gestión gubernamental, que mal pueden resumirse en una inflación de siete cifras, la pérdida absoluta de la credibilidad de cualquier sector político y una debilidad generalizada de las instituciones.

Como en casi todos los países y sociedades, hay dos grandes grupos que, dicho sea de paso, tienen poco que ver con posturas políticas. Están los que antes aprovechaban las fisuras del sistema y que a fuerza de usarlas las convirtieron en enormes brechas, los que le sacan el jugo a todo, incluso a sus congéneres; y por otra parte, afortunadamente, los que resisten los embates con una admirable fuerza de voluntad y con gran solidaridad.

La economía electrónica

Para las personas que viven en países con sistemas monetarios funcionales, como Argentina, debe ser sumamente difícil imaginar la cotidianidad de la economía venezolana.

Empecemos por decir que el salario mínimo apenas llega a 18 mil bolívares soberanos (BsS), lo que es decir 6 dólares; y que los cajeros automáticos entregan como monto máximo apenas BsS 500. Es decir, que hay mucho más dinero en formato electrónico que en forma de billetes y monedas, lo cual hace al comercio muy dependiente de los medios de pago digitales.

Los cajeros automáticos, como habíamos dicho, entregan un máximo de BsS. 500 al día. Para darse una idea de cuánto dinero es esto, diremos que el pasaje de un punto a otro de Caracas cuesta 200 BsS. Es decir que el dinero en efectivo apenas alcanza para moverse de casa al trabajo y regresar. Si se decide hacer un viaje extra, puede ser un problema conseguir el dinero en efectivo para eso.

Por otro lado, hay que reconocer que sólo un grupo depende del salario mínimo. La mayoría de las empresas pagan de 100 mil bolívares al mes hacia arriba, que tampoco es mucho dinero; aproximadamente 30 dólares al mes. Los más afectados son los jubilados, cuya pensión está fija en un salario mínimo.

Todo este desbarajuste económico tiene origen en varios factores, entre los cuales destacan

1.  Absoluta dependencia de la economía respecto a las exportaciones petroleras.
2. Corrupción administrativa e impunidad, que deriva en la fuga de más de 300 mil millones de dólares.
3. Bloqueo financiero progresivo por parte de EEUU y países de Europa a los responsables de organismos públicos.
4. Especulación por parte de los comerciantes formales e informales.

Un país dependiente de las importaciones

Venezuela produce muy pocas cosas aparte de petróleo. O mejor dicho, los rubros que se producen son claramente insuficientes para una población de 30 millones de habitantes. Algunas cosechas pueden suplir al 30% de la población, otras al 60%, pero en casi todos los casos se requiere completar la mesa con productos importados.

Es por eso que las grandes restricciones a las importaciones llevaron a una escasez acuciante en 2016, cuando la abundante cosecha de mango y yuca (mandioca) fueron fundamentales para la alimentación de la mayoría. Al final de ese año se registraba una pérdida de peso cercana al 10% en buena parte de la población.

La situación de escasez se mantenía en 2017, cuando viajamos a Argentina. Nos vimos ante una realidad muy rara en la que contar con el dinero para comprar las cosas no servía de mucho; productos de uso cotidiano simplemente no existían. Algunos prescindibles, como insecticidas o acondicionadores de cabello, pero también faltaban en los mercados muchos productos alimenticios.

En todo 2018 el gobierno destinó 200 millones de dólares a importaciones; es decir, el equivalente a 4 días de importaciones de 2012.

Dolarización no oficial 

La realidad observable en 2019 es que la escasez es mucho menos dura que en 2017. Las importaciones han aumentado, pero todos los precios están dolarizados. Los salarios no, y por lo tanto, el consumo está muy por debajo de lo habitual.

La moneda norteamericana no sólo está presente en los precios sino que, ante la escasez de billetes nacionales, muchos comercios han comenzado a aceptar dólares en sus transacciones cotidianas, lo cual hasta hace poco estaba prohibido. De modo que hay mucha gente manejándose directamente en divisas y no en la moneda nacional.

Podemos suponer que para un lector promedio, el que los comercios acepten divisas luce completamente normal. Pero en Venezuela ha habido control de cambio desde 2002 y durante la mayor parte de esos años se ha cuestionado moralmente el manejo de dólares, así que esta situación es muy novedosa y rompe un esquema de pensamiento largamente instalado en los venezolanos.

Transportarse, un dolor de cabeza

El tema del transporte, más allá del costo de los pasajes y la necesidad de tener efectivo para pagarlo, es un verdadero quebradero de cabeza para el pueblo llano. Al recorrer las autopistas que conectan el Aeropuerto de Maiquetía con Caracas, noté que, a pesar de ser mediodía, había pocos autos circulando.

El cierre parcial de las importaciones implica que falten muchos repuestos de vehículos, y que el precio de los existentes sea muy alto, de modo que mucha gente, al dañarse su auto, ha decidido dejarlo en el garaje y moverse por otros medios, con la dificultad que ello implica.

En mi caso, uno de los mayores retos fue hacer funcionar mi moto. El aceite de motor escasea y cuesta 5 dólares el litro (recuerden que el salario mensual es de 6 dólares), así que se fueron 10 dólares en esa fase. Además la batería se había dañado tras más de un año sin uso. Una batería nueva suma cerca de 40 dólares y mi estancia sería de tres semanas.

Para quienes no tienen acceso a dólares, estas reparaciones sencillas son casi inalcanzables.

Alegría a pesar de todo

El pueblo de Venezuela se parece bastante al argentino por historia y por su hospitalidad. En nuestros países nacieron las máximas figuras independentistas de ambos lados del continente y nuestras naciones se formaron mediante el aporte de migraciones sucesivas. Esto nos ha acostumbrado a recibir a la gente de afuera con afecto.

La diferencia estriba en la inocencia. Los venezolanos no hemos estado en guerra desde hace 120 años y no hemos vivido en dictadura dese hace 60, de modo que en ese aspecto el pueblo argentino lleva cicatrices más recientes. Esa inocencia comienza a perderse porque esta etapa histórica venezolana es inédita y profundamente dolorosa.

A pesar del denso panorama, la gente sonríe. Es cierto que he encontrado en los ojos de la gente una melancolía que antes no reconocía y una tristeza nuevas. Por eso entiendo que con las separaciones familiares, con los maltratos y sufrimientos vividos por tantas personas, se ha perdido parte de esa inocencia.

Pero la alegría del Caribe es inexorable, inextinguible. Ya dieron muestra de eso pueblos como el dominicano, el puertorriqueño o el cubano. Los boliches siguen funcionando, la música sigue sonando y la gente sigue bailando en todas partes; a falta de ron, se toman fermentados, pero como sea, la rumba continúa.

Mientras en Argentina hay más teatro y drama que música, en Venezuela la música es ominpresente y el teatro siempre gira hacia la comedia. La risa está en todas partes, y con él el abrazo, y sobre todo, la solidaridad. Porque en donde el abuso y la especulación se hacen norma, también aparecen los grandes gestos de hermandad.

Hoy el pueblo venezolano aprende de esta experiencia, recibe un baño de humildad y aprende el valor de las cosas más sencillas: el abrazo del padre, el beso materno, y la noble belleza de que en cada despedida te den la bendición.

 

«Un país, una civilización, se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales»
Mahatma Gandhi

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