Los reyes del recreo 2

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La mutación de Leandro había empezado, en los pueblos los chismes vuelan de oído a oído. Y cada vez que deja un oído y se va a otro, la historia se deforma, tiene nuevos matices y extravagancia. A las semanas se había hecho de una clientela adolescente, nos sentábamos en ese rincón del colegio en los recreos, y ahí desfilaban los guardapolvos en busca de un poco de faso. Creo que lo más difícil a los 16 o 17 años es ir a encarar al transa. Acá no había necesidad, sólo tenías que ir al fondo del patio y ahí nos encontrabas. Yo también empecé a sentirme bien, era alguien importante en ese micro mundo, me invitaban cigarrillos, en la calle me saludaban, me invitaban de sus tragos los fines de semanas. Caminábamos por los pasillos del colegio como los dueños de la bandera, del mástil, las tizas y los pizarrones, los auténticos reyes. Cuando pasábamos por un grupo de alumnos, se escuchaban los susurros. “Esos tres son los que venden drogas”.

A mí la situación me divertía, pero al que más le afecto fue a Leandro, se había enamorado de un mito que habían creado de él, y que yo sabía no tenía nada que ver con la persona que realmente era. Se había convertido en una imitación Imberbe y con acné de Scarface. A fuerza de presión social imaginaria, se sentía obligado a mantener el show de gran criminal, salía a mitad de la clase y se iba a fumar al baño o simplemente agarraba la mochila y se iba colegio a mitad de la clase, a veces aparecía alguna cara en la ventana del aula y le hacía una seña y simplemente desaparecían por los pasillos.

Se había fabricado de una pequeña clientela, en parte era porque aceptaba cualquier tipo de truque, como una vez que llego un pibe a buscarlo en el recreo y de la mochila saca un jugo Ades de naranja y una botella de vodka: “No tengo plata, le robé este vodka a mi viejo y traje el jugo de casa ¿Me cambias por algo de faso?”. Era la primera vez que tomaba vodka con naranja, era exquisito, ese mediodía nos fuimos a una plaza y no bajamos la botella entera. En otra oportunidad hizo la transa más dementes de todas: Teníamos un examen de química y uno de esos degenerados tenía una especie de pastilla que si la prendías fuego, largaba un humo blanco que te hacía llorar y te dificultaba respirar. La prendimos al fondo del aula, antes que empiece el examen y el lugar se hizo intolerable, tuvimos que evacuar el aula y nos libramos una semana de química. Eso lo había convertido en un extraño super héroe entre mis compañeros, nos libramos del examen y nos fuimos temprano, todos llorando, con los ojos rojos y tapándonos las narices, pero felices.

Suele pasar que cuando creas un personaje, tiene que tener una raíz palpable para seguir sosteniéndola. La imagen que Leandro había vendido, se la creía cada día un poco más. Ya no era el simple pendejo boludo vendedor de porro. Era un tipo jodido, y un tipo jodido debe juntarse con otros igual de jodidos. Una mañana llega a la mitad de una clase, ni siquiera entra al aula, había faltado ese día. Mete la cabeza por la ventana del aula y me hace un gesto para que salga. Me esperaba en el baño, estaba poseído, su rostro estaba deforme, mientras hablaba se le escurría saliva por el labio. No entendía nada de todo aquello, no estaba drogado por marihuana, era algo más.

–Tengo un nuevo catálogo –me dice–. Y del bolsillo saca un blíster de rivotril entero y otro que le quedaban dos pastillas.

–¿De dónde sacaste eso? –pregunté.

–Lo cambié por un poco de faso, ahora voy a vender pasti. Alto negocio. Ya me tomé uno hace unas horas. Estoy re loco.

Saca las dos pastillas que le quedaban y me tiende el brazo y dice: “¿Querés?”

–¡Demonios! Por supuesto que no.

–Dale loco, es re piola el viaje.

Miré por unos segundos la pequeña pastilla en su mano, no tenía nada de especial. Por un momento pensé que podría ser simple placebo. Que alguien lo había tomado el pelo y él no lo sabía. Pero lo veía en su rostro, que estaba bajo el efecto de algo. No tenía los ojos rojos, sus palabras se deslizaban de su boca, como escapando apenas entre los dientes, no era el adolescente exaltado de todos los días. Le volví a decir que no quería.

Me miró con un gesto de asco y desaprobación. Después se arrojó las dos patillas a su boca y dijo: “¡A la mierda! Me voy al carajo”. Y se fue deslizándose como un patinador sobre hielo, perdiéndose en los pasillos del colegio. El gesto de Leandro de tomarse los rivotril delante mío no fue accidental, era su forma de decirme que ya no estábamos al mismo nivel, había dejado de ser su secuaz, podía seguir siendo su amigo, pero ya no éramos iguales, él estaba en un escalón más arriba. No me molestaba, por mi parte siempre fui un cobarde, me gusta el coqueteo con el peligro, el camino iluminado, mojar los pies a orillas de rio. Pero, ¿tirarme de cabeza sin antes comprobar que tan fría está el agua? Ni pensarlo. No lo iba a hacer. Leandro no era un adicto, estaba enamorado de la imagen que le daba el espejo todas las mañanas, el reconocimiento de los más degenerados del pueblo lo hacía sentir que era una leyenda.

A los días me entero con quién había hecho la transa. Lo conocía de vista. No recuerdo el nombre, pero lo habían rajado del colegio un año antes, por un ataque de ira, donde rompió los vidrios de un aula con una silla. Tenía una banda de heavy y cada vez que pasaba por delante de su casa, salía sonidos horribles de la banda ensayando, siempre estaba lleno de pendejos vestidos de negro, fumando, tomando, tocando la guitarra. Leandro había empezado a pasar tiempo con esa gente, casi no nos veíamos fuera de clase.

Todos los viernes o sábados lo invitaban a una fiesta diferente. Era como el invitado de honor, llevaba porro para regalar. Algunas tardes, solía pasar a tomar algo con Horacio y conmigo, pero su compañía era el favor que nos hacía. Sólo pasaba para ponernos al día de sus aventuras, contaba todo lo que había hecho el fin de semana, la noche anterior. Interminables monólogos de lo genial que era su vida y después desaparecía. Lo veía cada vez más al límite, era descuidado, se drogaba en el patio de atrás de la casa, en la esquina. Se iba un viernes de la casa y volvía el domingo.

Hasta que una tarde viene a verme, lo veo aterrado. Era un lunes a la tarde y él no había ido al colegio ese día. Estaba asustado, dice que hacía dos días que no salía de la casa y no consumía nada.

–¡Boludo! Me andan persiguiendo, me quieren matar.

–No pasa nada, esos idiotas vestidos de negro, con su banda horrible, no te van a hacer nada.

–¿Qué? No, no, con ellos está todo bien. Los dueños del faso me andan buscando por el barrio.

¡Dios santo! –pensé. En todo este tiempo jamás me había detenido a pensar en los dueños de ese ladrillo. Por supuesto que tenía dueño, algo como eso simplemente no se cae de los bolsillos. Examiné con la mirada a Leandro, para estar seguro de lo que decía, y se le notaba muy asustado:

–No saben que soy yo, pero por el barrio anda dando vuelta una camioneta negra, con cinco tipos adentro. Andan despacio, mirando casa por casa. El otro día me siguió la camioneta hasta la parada del bondi.

De a poco Leandro fue armando las piezas y todo tenía sentido. La canchita donde encontraron el ladrillo daba a un monte, pero el paisaje verde, de árboles y pasto se cortaba por una pequeña propiedad, bastante aislada del resto del barrio. Era un aserradero, que según las chusmas del barrio era solo una tapadera para un narcotraficante que mandaba drogas entre las maderas a todo el país. Solían contar que hacía algunos años se llenó de policías y hubo tiro y corridas. Nunca le di importancia a esas clases de cuentos. Pero ahora cada historia que contaban del aserradero parecía tan real, como ver una foto o ser directamente testigos: de la policía llegando, corriendo entre el monte disparando y gritando.

Leandro estaba seguro que sospechaban de él, desde ese día empezó a ver la camioneta en todos lados, en el colegio, en la cancha, en la casa de algún amigo, yo jamás vi nada, pero los datos que tenía parecían demasiado reales, las historias del aserradero, el lugar donde estaba escondido el ladrillo, el constante silencio de un aserradero donde las maquinas tendrían que estar aullando, cortando madera, pilones de tabla que simplemente se pudrían bajo el sol y la lluvia.

Le dije a Leandro que si quería yo escondía toda la marihuana hasta que las cosas se tranquilicen. Leandro no quiso saber nada. Tenía el enorme conflicto interior, por un lado, sabía con total seguridad que lo estaban persiguiendo, por el otro no quería desprenderse de su boleto dorado, ese ladrillo le abrió las puertas a un nuevo mundo, rodeados de pequeños delincuentes. Ese mundo donde se comparten historias y códigos entre ellos, donde todos están enamorados del sonido de su propia voz retumbando en las paredes.

Si la camioneta negra que lo seguía realmente existió nunca lo descubrieron. Los ataques de pánico de Leandro cesaron. Las clases se terminaron, llego el verano, yo cada vez fumaba menos. Cada vez que iba a la casa de Leandro nunca lo encontraba. Tampoco solía cruzarme mucho con Horacio, que había empezado a seguir a Leandro como un perrito faldero, se arrastraba atrás de él por una tuca. Creo que el distanciamiento fue más fuerte cuando me invitaron a tomar un té de Floripondio. El Floripondio o floripón, como le dicen en Misiones, es una flor que tiene efectos alucinógenos. Habían salido a buscar esa flor. Después que la encontraron me fueron a buscar y como Horacio estaba sólo, sus viejos estaban de vacaciones, usamos la casa de él. En principio, iba a tomar ese menjunje, había escuchado que el efecto es fabuloso y otras veces aterrador. Pero hacía poco tiempo me había puesto en pareja, podría decir que conocí mi primer gran amor de verano, así que decidí sólo fumar un poco de porro y pasar del Floripón, drogas había siempre en esos momentos, el sexo era el verdadero éxtasis que había muy poco en mí vida. A la media hora estaban completamente sumergidos en delirios. Los delirios más terribles que vi a mi corta edad. Leandro se agarraba la cabeza y se estiraba el cabello: “Siento que salen arcoíris de mi cabeza y me duele mucho”. El viaje de Horacio era el peor, en un momento empezó a desvariar que su mamá entraba por la puerta.

“No, ahí está mi vieja, me va a matar”, gritó y entró corriendo a su casa, se escondió en su pieza y se quedó ahí por una hora. Después vuelve y se sienta al lado mío. Y al rato vuelve la ráfaga de tormentos: “No mami, no hice nada”, “estoy bien”, le hablaba a una figura imaginaria. Leandro seguía tocándose la cabeza, buscando un mechón de arcoíris. De una vieja radio que tenía Horacio escuchábamos a Viejas Locas y yo me tomaba un vino solo. No había charla, no había la clásica comunión con mis amigos de siempre. Mientras Leandro seguía con la mirada puesta en el cielo, manoteé un poco de faso de su mochila y me dije a mi mismo: “¡Al carajo con estos animales! Está basura es demasiada para mi mente vapuleada”. Salí corriendo de la casa de Horacio y los dejé a su propia suerte a ambos.

Evitar la cotidianidad del colegio me hacía sentir bien. Dejar a un lado todas las locuras que habían pasado los últimos meses. Retomé amistades del barrio. Ya no necesitaba hundirme en los excesos, me conformaba con el viento de verano y un vino frio en la esquina del barrio. Me sentía limpio, fue como darme una ducha fría después que correr la maratón más larga de mi vida.

Hasta que una tarde de febrero explota todo. Cuando llego a mi casa, ahí estaba el viejo de Leandro, sentado tomando mate con mis viejos. Habían descubierto a Leandro completamente drogado en su propia pieza. La mamá de Leandro entra a la pieza con la ropa limpia y encuentra a Leandro desnudo bailando con un paraguas. Empiezan los gritos, Leandro decía que tenía el paraguas por la lluvia. Nadie sabía de qué lluvia hablaba, afuera hacía 40 grados de calor. Revisan las cosas de Leandro y encuentran lo que quedaba del ladrillo, que seguía siendo bastante. La mamá le pega con una escoba entre llantos. A Leandro no le interesa los golpes de la escoba, él sólo no quería mojarse con la lluvia imaginaria. Mis viejos estaban desconcertados con la historia que escuchaban, mientras seguían escuchando, mi vieja va a revolver mis cosas, pero no encuentra nada, ni una tuca, ni un papelillo. Estaba completamente limpio.

El viejo de Leandro hizo una fogata en el patio y quema todo el porro. Leandro, en un instante vio arder su pequeño imperio, miraba como esas personas curiosas que se acercan a ver demoler un edificio. Jamás se molestó en guardar las tucas, porque tenía de sobra. Al ser un gran amigo de Leandro, sus viejos supusieron que yo no sólo estaba al tanto, sino que era un cómplice. Era una estupidez fingir, dije que sabía, pero que yo no me drogaba. Por supuesto que nadie me creyó, a mí me castigaron y a Leandro lo mandaron a rehabilitación, durante varias semanas.

Después el viejo de Leandro se va a la casa de Horacio, y hace exactamente lo mismo que hizo con mis viejos, larga toda la historia, pero a diferencia mía a Horacio lo agarran con faso en los bolsillos. Lo siguiente es que Leandro fue vetado de la casa de Horacio.

Pasaron los años, Leandro y Horacio se hicieron artesanos. Viajaron de un lado para el otro por el país. Leandro vende pulseras y hace retratos callejeros, es un gran dibujante. Horacio también es muy bueno, sus pulseras son hermosas. Viajaron juntos al recital del Indio Solari a Tandil, y una noche después del recital se agarran a trompadas por una bolsita de merca, nunca entendí bien lo que paso o quién estafo a quién.

Lo último que supe de Horacio es que estaba en Perú, cruzaba una calle, profundamente borracho y un auto lo levanta por los aires, pero no fue nada grave, sólo se lastimo una pierna y tuvo que juntar sus pulseras que quedaron desparramadas por la avenida. Leandro está en Cafayate, Salta. Me mandó una foto sentado en una plaza y me dijo que estaba feliz porque una pareja lo invitó a tomar una cerveza, porque les había gustado mucho el retrato que había hecho de ellos.

Hablamos un largo rato por mensajes, me contó de los estilos de dibujos que practica, los diferentes lápices que usa, no entendí mucho. Me pregunto si seguía escribiendo. Le conté que me sentía como Jack Nicholson en El Resplandor, que no encontraba sentido a mis palabras, que al igual que Jack de a poco estaba perdiendo mi cordura y no tenía ni una línea respetable y sospechaba que jamás me iban a publicar y lo peor de todo es que el invierno afuera no termina, ya van 10 años de puta nieve. No pareció importarle, solamente preguntó: “¿Quién es Jack Nicholson?”

Texto: Sanchez Thompson

Ilustración: Matías Leiva.

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