Los reyes del recreo

Estábamos sentados contra un paredón, eran cerca de las diez de la noche y nosotros habíamos estado fumando marihuana desde el mediodía, cuando apenas salimos del colegio. Era un viernes y había una fiesta en otro colegio. Juan un amigo del barrio nos había avisado de la fiesta. Mientras esperábamos a Juan, seguimos fumando y tomando vino. Cuando llega Juan se pone a buscar a una chica que le gustaba, repasaba todo el lugar con la mirada, escaneaba a una por una, y mientras lo hacía farfullaba cosas sin sentido, que yo no lograba entender a causa del ruido y de lo drogado que estaba.

Juan seguía en un estado de hiperactividad que me ponía nervioso, y por lo que pude notar también a Horacio y Leandro. A los minutos Leandro saca un porro de la mochila y lo prende y cuando ni siquiera tuvo tiempo de pasarme la marihuana, Juan da un salto y le saca el porro de la mano a Leandro, lo tira al piso y lo pisotea como quien trata de matar un insecto asqueroso. Nos mira con los ojos cubierto de odio.

– ¿Qué mierda están haciendo? – dijo Juan, y su mirada de odio se fue desvaneciendo, dando lugar a una tristeza, que rápidamente se convirtió en llantos. Abre la mochila y saca un licor de menta:

–Traje esto para que nos emborrachemos y ustedes se ponen a drogarse ¿Por qué me hacen esto?

Juan estaba parado enfrente de nosotros tres, ni siquiera nos molestamos en pararnos cuando pisoteo el porro, no tuvimos tiempo de reaccionar. Además, Juan era el que mejor peleaba de todos nosotros, así que iniciar una confrontación callejera era una locura y más en mi estado, después de haber fumado toda la tarde. ¡Demonios! Ni siquiera me había sacado el guardapolvo y de seguro hubiera quedado hecho una basura si me ponía a pelear.

Juan seguía retándonos, como un padre decepcionado y dolido, nos pedía explicaciones, nos preguntaba de dónde habíamos conseguido el faso. Quería ir a buscar al dealer que nos vendió. “Voy a prenderle fuego el rancho”, dijo mientras se secaba las lágrimas. Nosotros no podíamos hilar respuestas, toda la escena era demencial, se comportaba como un hermano mayor y tenía nuestra misma edad.

Al ver que no decíamos nada, manoteó la mochila de Leandro y cuando se pone a revisar encuentra cuatro porros más, va directo a la boca tormenta y arroja los fasos, con un movimiento lleno de furia, como si quisiera que los porros revoten como piedras sobre el agua… Cruzamos miradas con Leandro y Horacio, nadie se movía, nadie decía nada, porque más allá de que estábamos completamente volados, cuatro fasos no significaban nada.

Era sólo las sobras.

 

Dos semanas antes, una tarde, Leandro jugaba al fútbol en la cancha del barrio. Uno de los arcos daba a una calle de tierra, el otro daba a un monte. La cuestión es que alguien patea la pelota horriblemente mal y va a parar unos treinta metros al fondo, entre las ramas, la basura, los árboles que apenas dejaban pasar los rayos del sol y el pasto alto que te llegaba hasta las rodillas. Leandro va a buscar la pelota y entre las ramas ve un bulto, tapado de hojas, se distinguía un raro color azul. Se acerca al bulto y cuando saca las hojas de encima era una mochila. Una mochila vieja, con una tira para usarla cruzada y en lugar de un cierre tenía un grueso cordón negro, una mochila azul con el escudo de Boca.

Cuando abre la mochila no le llevo tiempo distinguir lo que había adentro, envuelto en una bolsa de residuos negra: Era un jodido ladrillo de marihuana. Por esos años, teníamos cerca 15 años, habíamos fumado unas contadas ocasiones, nada importante.

Se lleva el ladrillo a su casa, lo guarda entre su ropa en el ropero, corta un pedazo del ladrillo, agarra la bicicleta y sale directo para mi casa y en el camino se fuma un poco. Llega a mi casa cerca de la 2 de la tarde, llega con sed y con los ojos completamente endemoniados. Se sienta, me pide un vaso de agua…, a los segundos salta de la silla, extiende los brazos y grita:

–¡Boludo! Encontré un ladrillo de marihuana así de grande.

Mete las manos en la cintura de la bermuda y saca un puño de marihuana, envuelto en un pedazo de bolsa: “Esto es solo un poco”, me dice.

Entro a mi casa, agarro mi bicicleta y vamos a buscar a Horacio. Esa tarde, entre los tres nos sentamos al costado de un arroyo, cerca de la casa de Horacio. Y nos pasamos toda la tarde, fumando, haciendo esfuerzo para armar un porro digno, al principio no sabíamos, nos quedaban como fideos hervidos algunos, otros como salchichas que estuvieron en el agua hirviendo por dos horas, deformes, casi como si una implosión interna les destrozara el sistema nervioso. Eran inestables, se movían de un lado para el otro. Leandro nos dio un poco de faso a cada uno, y el primero de los tres que arme un porro respetable, nos fumábamos.

Así nos pasamos la tarde, delirando al costado de un arroyo, hasta que la noche nos agarró por sorpresa, me arrastré como pude a mi casa con mi bicicleta acompañándome, no podía subir y pedalear, mi cuerpo perdió toda la memoria de como montar una cosa de esas. Asalté la heladera, todavía con un pedazo de milanesa entre los dientes, me dormí. Me sentía bien, me sentía alegre, la vida no era tan mala y había pocas preocupaciones.

No éramos unos chicos con juguete nuevo, éramos chicos que por primera vez tenían un juguete entre sus manos. Pero el dueño era Leandro y nos hizo saber de inmediato, no en palabras, pero si en el simple acto de darnos un poco de faso a cada uno, apenas para un par de porros. A mí me pareció justo: el rey decide cómo compartir las riquezas con los plebeyos. Horacio pedía más, hacía largos llantos y se quejaba:

–¿Sólo esto me das?

–Es lo que traje. No voy a andar con un ladrillo en la mochila– le dijo Leandro.

–Dale, dame un poco más, esto no me va a alcanzar para nada.

– ¿Qué mierda te pasa? Eso te va a alcanzar. Mañana te doy más.

–Bueno, bueno, pero no te olvides.

Era increíble, hasta hace unos días Horacio había fumado tres o cuatro porros en toda su vida y de repente se comportaba como un adicto arrastrándose a los pies del dealer. Pero también me sorprendió la actitud de Leandro, ya había aprendido a lidiar con las quejas de los degenerados. A Leandro lo conocí en el secundario, rápidamente nos hicimos amigos, éramos jóvenes intrépidos, curiosos por los excesos y lo límites. Éramos los hijos de los expulsados de la crisis del 2001, los sin futuro y ni esperanza. Esa tierra era ideal para cultivar una generación de perdedores, la vida era una autopista sin luces, llenas de baches y nosotros no teníamos frenos, ni volante, ni ningún tipo de control y no nos interesaba tenerlo.

Le gustaba molestar a todo el mundo, también le fascinaba pelearse con cualquiera que le mirara mal, juntos empezamos a emborracharnos cuando no entrabamos a clase y nos íbamos a una plaza cercana y tomábamos vino. En los recreos, entramos en las demás aulas para revisar las mochilas de los demás alumnos y robarnos lo que podíamos vender más rápido, nada importante, alguna lapicera que fuera única, algún objeto personal, como un CD o cosas así. Siempre nos estábamos empujando mutuamente a ver quién llegaba más lejos.  “Aquél está hablando mal de vos, anda a cagarlos a trompadas”, solía decirme, y yo iba hecho una furia y de la nada le metía una patada al idiota de turno. Teníamos un promedio de cuatro o cinco peleas mensuales… Yo no era un gran peleador callejero, mi técnica era moverme de un lado a otro, tirando algunas piñas y patadas cuando mi oponente estaba distraído, sin embargo, eso nunca importo mucho, porque siempre podía contar con Leandro cuando las cosas se estaban poniéndose jodidas en la lucha, cuando veía que estaba cobrando una paliza de más, era solo cuestión de segundos para que a traición, Leandro salte con una patada en la espalda de mi contrincante y cuando el miserable caía en el piso, era su sentencia, ahí cobraba patadas, hasta que empezara a gritar y pedir por favor que paremos. Yo siempre le devolví la amistad de la misma manera, cuando él tenía alguna riña donde claramente iba perdiendo, yo respondía de la misma manera…, a traición. A veces, ni siquiera era necesario empezar la pelea para que uno de los dos salte por el otro, cuando estaba enfrente de algún idiota, poniéndose en posición de pelea, por la espalda entraba con un golpe. Esa actitud sucia de movernos por la vida nos había hecho mala reputación. Y eso con el paso del tiempo fue un verdadero problema.

Al principio nos juntábamos todas las tardes y caminábamos por las vías del tren, que era muy poco transitada, el tren solía pasar una o dos veces por día, y sólo era un tren de carga. Nos íbamos lo más lejos posible o nos escondíamos. Pero ese falso coraje que te produce las drogas rápidamente hizo efecto en nosotros, ya no nos escondíamos, fumábamos por la calle, a la vuelta del colegio, en el patio de atrás de la casa de Horacio. Rápidamente empezábamos a ser descuidados, nos juntábamos media hora antes de entrar a clase y el porro mañanero nos dejaba volando hasta cerca del mediodía. La mayoría de nuestros compañeros empezaron a sospechar que algo pasaba. Porque nos sentábamos en el fondo y no parábamos de reírnos. ¡Maldición! Hasta los profesores intuían algo. Lo sabían, la mayoría en el colegio sabía que éramos culpables de algo, pero no tenían pruebas, la mayoría no llegaba a los 18 años, no conocían los síntomas y creo que tampoco el olor de un porro, además, no fumábamos dentro de la escuela.

Sin embargo, había un grupo, muy pequeño, que estaba formado por los repetidores, los que fueron echados de otros colegios, los pequeños prototipos de delincuentes, que sabían exactamente qué era lo que hacíamos todas las mañanas antes de entrar. Nunca me preocupé por ellos, no eran mis amigos, pero siempre cruzábamos un saludo cordial en la calle o en el patio en los recreos.

Una tarde, mientras estaba mirando la tele en mi casa, escucho que golpean la puerta. Salgo y era Gastón. Lo conocía del barrio, vivía a unas tres cuadras de mi casa y tenía dos o tres años más que yo, cuando éramos chicos, éramos muy amigos, jugábamos todas las tardes en la vereda. Después nos fuimos alejando, no había hablado con él en años. No entendía nada de lo que pasaba. Antes de saludarlo, veo al otro lado de la calle a dos pibes de mi colegio. Al igual que Gastón se habían hecho una mínima reputación de pesados, pero no creo que hayan pasado de robar un par de zapatillas.

Gastón me da un abrazo, como si fuera un amigo que llega de un viaje de varios meses y es recibido con todo el calor familiar en el aeropuerto. Me pregunta cómo estoy, da un par de vueltas, hasta que saca un billete arrugado de 5 pesos, se me acerca al oído y casi como un susurro dice:

– ¿No tenés un churrito para venderme?

Me largo a reír y le digo que sí. Miro a los dos idiotas que están en la otra vereda y les alzo el pulgar. Cruzan la calle como dos perros corriendo atrás de una pelota de goma, con una sonrisa que casi se les sale de cara, esos dos supuestos tipos rudos del colegio, con cara de dibujito animado, me pareció muy cómica.

Entro a mi casa y empiezo a revolver mi mochila, como no solía fumar solo tenía bastante marihuana, que iba juntado cuando Leandro me daba. En ese momento, me doy cuenta de que estaba frente a un gran problema ¿Cuánto porro se da por 5 pesos? Jamás me había hecho esa pregunta, no conocía el valor del mercado y recién estaba estudiando en el colegio los conceptos de oferta y demanda.

“–Al carajo –pensé–. Esto me sale gratis y de paso estos boludos me van a deber un favor.” Saco la bolsita de plástico que viene en los paquetes de cigarrillos y puse varios puñados, hasta casi llenarlo. Cuando Gastón ve todo lo que había conseguido por 5 pesos, casi se le salen los ojos, como un pescado aplastado. “Gracias, gracias, gracias”, me dice y se va a hablando con los otros dos en voz baja, los tres incrédulos al ver lo que les había dado. Mi acto de bondad se transformó en otra cosa: “este boludo no tiene idea de lo que vende”. Y había mucho de verdad en eso. Jamás pensé en ser el pequeño puntero del barrio, había pasado todo muy rápido.

Con los 5 pesos me compré un vino que valía 1.50, un jugo en polvo de 50 centavos y un paquete de cigarrillos, que eran importado de forma ilegal desde el Paraguay y sólo salía 1 peso el paquete de 20. Con todo eso en la mochila me voy a la casa de Horacio.

 

El colegio tenía un aula al lado de la otra, como si fueran muchos PH, cortadas al medio por el pasillo, que al final daban al baño de mujeres y hombres. Y en un costado había un pequeño rincón, un sucucho donde se juntaban los que fumaban cigarrillos, ese espacio entre el baño de hombres y la cancha de vóley del colegio, era donde nos juntábamos los fumadores del colegio, cada tanto aparecía un preceptor y nos hacía apagar los cigarrillos. Cuando ni siquiera tuve tiempo de contarle a Leandro lo que había pasado la noche anterior, vuelve a aparecer Gastón, acompañado por los mismos dos pibes. Querían comprar más faso.

No había ni una sola posibilidad que se hayan fumado todo lo que les vendí. Supuse que, al ver mi falta de experiencia en el submundo de las drogas, simplemente se querían volver a aprovechar de mí. No quería volver a lidiar con nada de eso, así que le pregunte a Leandro si tenía algo para venderles. Al instante vi un raro orgullo en los ojos de Leandro, infló el pecho y se puso a hacer la transa de manera exagerada, miraba para los costados, hablaba en susurros con Gastón y le dijo que le espere adentro del baño. Toda la escena me parecía ridícula, al final no supe cuanta plata le dieron. Leandro no dijo nada cuando salió del baño, y yo no pregunté. Se prendió un pucho y miraba al horizonte, como alguien que acaba de tener el mejor sexo de su vida. Y se prendía un pucho, como un premio que se merecía, casi enamorado de su propia imagen. CONTINUARÁ…

Texto: Sanchez Thompson

Ilustración: Matías Leiva.

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