Nunca confíes en un doctor en poesía

Básicamente todo en mi vida suele funcionar así, por desesperación, hago las cosas cuando estoy al borde del colapso mental, cuando estaba a punto de renunciar a toda mi vida. Siempre salía una idea nueva, una idea mucho menos viable que la anterior. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? No tenía nada, solo un montón de conceptos de sueño, ni siquiera un sueño concreto. Sospechaba que era escritor, sospechaba que escribía mediocremente bien, y sospechaba que en algún momento, si los astros así lo querían, iba a editar un libro.

Un médico, supongo, que se hace médico cuando cura su primera pierna rota. Pero un escritor, ¿cuándo se convierte en uno? ¿Cuando edita su primer libro? El médico sabe que está listo cuando egresa de la universidad y llega al hospital y rápidamente sabe distinguir una fiebre común de un caso de delirium trémens. En cambio el escritor nunca sabe exactamente cuando se convierte en eso que quería. Aún editando un libro, si nadie lo lee, tampoco es un escritor.

Lo que define a todos en el mundo moderno es el ojo ajeno, si el otro te reconoce como tal; es eso lo que sos. Yo solía presentarme en la vida pública como escritor, aunque nunca estuviera escribiendo nada, aunque pasara meses sin escribir una maldita línea. “¿Vos a qué te dedicás?’”, solían preguntarme en cualquier tipo de reunión. “Yo soy escritor”, era mi respuesta favorita. Eso era mejor a decir que era un periodista desocupado, o un pibe que se pasaba bebiendo sumido en la depresión. Además, lo vago de ser escritor, es que nadie puede comprobar realmente si sos uno, ¿con quién te van a comparar? Para que este plan me deje buenos resultados, hay que montar todo un show, cuidadosamente planeado.

Primero: Siempre andaba con un libro en la mochila, porque un escritor respetable es aquel que lee y está informado de su contexto laboral y de sus colegas. Segundo: Nunca dejar que lean nada de lo que escribiste, siempre estás trabajando en algo. Misterioso, nunca solemne. Tercero: No tomar en serio tu propio trabajo, o sólo hacerlo en la intimidad. Una historia de un escritor fracasado siempre cae mejor, que un soberbio que se pone a dar clases de cultura, cuando nadie se la pide. Yo solía tener poemas rechazados en el bolsillo, escritos sin terminar y parejas que aborrecían mis escritos. Eso hace sentir mejor al que está al lado, porque sabe que es mejor que alguien, es mejor que el que está enfrente de él.

Lo peligroso de este plan era que algún momento iba a tener que escribir algo, y lo peor de todo era que iba a tener que publicarlo. Desgraciadamente, tenía que ser escritor, no tanto por deseo personal, sino por presión social. Si te pasás años diciendo que sos uno, en algún momento vas a tener que serlo. Una mentira sin un sustento palpable, rápidamente se desmorona.

Esto no quiere decir que no sea cierto, había intentado de verdad pertenecer a elite literaria. Recuerdo cuando me uní a un taller de poesía que se daba en la Universidad de San Martín, con un reconocido poeta, ya no recuerdo su nombre. El primer día de clases llegué 30 minutos antes, con mucho entusiasmo, con un cuaderno nuevo, y tres libros de mis poetas predilectos. Estaba seguro de que al fin iba a conocer a mis pares, me imaginé un tumulto creativo de personas leyendo sus poemas en voz alta. Hasta llevé algo de mi cosecha: “Cuando escuchen mis poemas me van a amar”, pensaba.

La clase (o lo que sea) empieza y a los pocos minutos hay un arduo debate sobre un tal Bretón, uno de los chicos que está sentado al lado mío dice: “Bueno, bueno, para el ojo texturizado de Bretón todos son surrealista y nadie lo es”, y todo el salón estalla en una única carcajada.

-¿Qué carajo está pasando y qué es eso de texturizado?- me pregunté. Igual ante la duda elegí reír del que supongo fue chiste entre poetas, y yo era uno, así que tenía la obligación de reírme. Salí completamente aturdido de la primera clase, con un montón de nombres de poetas en mi cabeza, la mayoría muy difícil de pronunciar. Me di cuenta de lo perdido que estaba, y lo mucho que me faltaba aprender. En ese momento lo vi con claridad. Era un niño perdido. Un niño mudo y prematuro tirado a la buena de Dios en el país de los elefantes. Cuando puse el primer pie en la calle, me puse la capucha de mi campera y salí a correr, estaba aterrado, corrí por dos cuadras y me subí al primer colectivo que pasó, intenté leer algo de camino a casa, pero me fue imposible.

A la semana siguiente, todavía sin digerir por completo lo que había pasado la clase anterior, volví a ir temprano a clases. No fue raro ver al pibe que hizo el chascarrillo de Bretón, ser el centro de atención, todos alrededor del pibe, opinado e intercambiando escritores. Rápidamente se convirtió en la voz más repetida de la clase. “Así que es eso a lo que llaman genio”, me dije a mí mismo. Decidí acercarme al joven talento, y si tenía la oportunidad le daba algunos de mis poemas para que lo lea ¿Quién me iba a juzgar si me ponía del bando ganador? Cuando hablamos por primera vez se presentó como licenciado experto en prosa latinoamericana. No podía creer, realmente estaba enfrente de alguien importante. Todavía, hasta el día de hoy, me pregunto qué mierda es un “licenciado experto en prosa latinoamericana”, pero sin duda el título era intimidante. Arrugué mis poemas escritos a mano en hoja A4 y me los guardé en el bolsillo. Y de nuevo, todo lo que paso la semana pasada, correr a la parada del colectivo y subir al primer colectivo que pare.

Al pasar los días, me di cuenta que los colegas no eran tan colegas. Porque no se puede ser colega, cuando son mejores que vos. Había un par de traductores, un profesor de surrealismo, un especialista en poesía argentina de los años ’20. Siempre creí que la poesía se limitaba a escribirse y a leerse, sin embargo, ahí estaba en la medio de la industria poética en pleno funcionamiento, sacando chispas de los cerebros culturales, todos reunidos en una sola aula, supongo que ahí se gestaba al próximo Apollinaire -ese nombre sí lo aprendí- de la poesía latinoamericana. Y era lógico, la poesía tenía tantas cosas a tener en cuenta como la métrica, la textura, la rima, todo en perfecta armonía, sincronizado y listo para empaquetarse como pescado fresco.

– ¡Esto es serio, demonios! – me decía a mí mismo-. Es mejor que te leas a todos los escritores que nombran antes que se den cuenta que sos un farsante ¿Qué crees que harán esos tipos con vos cuando vean que tenés un libro de poemas de Jim Morrison escondido en la mochila?

Realmente estaba en pánico. O escapaba del lugar o me unía de lleno a ese pequeño grupo predilecto que se hacen llamar artistas. Así que junté fuerzas y me acerque al Poeta Mayor, el que daba la clase, le pedí su mail y le dije si no le molestaría leer algo de mi trabajo. Con gusto aceptó. Por primera vez después de clase no salí corriendo, ya lo sentía, los bares, las largas horas de café debatiendo de poesía, los intercambios de libros, las presentaciones. El mundo se abría ante mí. Mis pares me recibían con los brazos abiertos, quién sabe, hasta posiblemente me iban ayudar a editar mi primer libro de poemas. En mi cabeza ya sonaba el prólogo: “Estamos ante la voz más cruda y sincera de esta generación. Esta generación que tanto fue machacada por su su frivolidad y por su falta de compromiso y deseo de instantaneidad en todos los ámbitos de la vida. No, no, señores, aquí tenemos a un joven que navegó por las más sucias aguas del capitalismo y de ella salió una colección de poemas, más que unos simples poemas, son el testimonio directo de que en la vida, como en el arte, el secreto siempre está en la honestidad de cómo enfrentás los duros retos. Un joven que no nos habla desde un pedestal, sino desde la compresión profunda de las injusticias que deja la maquinaria moderna después de masticar y escupir a nuestros jóvenes, etc., etc.”.

Estaba extasiado. Cuando llegué a mi casa me puse a seleccionar poemas, iba a enviar sólo los mejores. Me pasé toda la noche corrigiendo, pasando en limpio, pensando títulos. Y al final elegí unos 20 poemas y se los mandé todo por mail.

Pasaron dos días, tres, cuatro y no tenía respuestas. Mi entusiasmo se desinfló. Al fin comprobé lo que ya venía sospechando, era un pésimo poeta, no calificaba ni siquiera para una respuesta. El silencio es la peor crítica que existe. Al llegar a la clase siguiente, le pregunté al Poeta Mayor si había recibido mis poemas, y en su cara lo pude ver: la vergüenza, la incomodidad, la lástima. Seguramente pensaba: “¿Cómo se le dice a alguien que su trabajo es una basura, que sus líneas no sirven ni para limpiarse el culo?”. Sin mirarme me dice que recibió los poemas y que los leyó…, no dijo nada más y no fue necesario, lo había entendido todo. Quería demostrar al mundo que yo también era un poeta, estaba harto de creerlo yo solo y fue uno de los peores rechazos de mí vida.

Pasaron muchos meses antes de que vuelva a escribir una línea, cada vez que me sentaba a escribir algo venía a mi cabeza, como una pesadilla recurrente, la cara del Poeta Mayor. Sus ojos confundidos, tratando de salir de la mala situación, ni siquiera se sentía capaz de decirme una mentira para escaparse del momento… Llegué a mi casa esa misma noche, después del taller de poesía, y me invadió una enorme tristeza, guardé mis poemas en una caja y los tiré debajo de mi cama. Trataba de no pensar en todo aquello y me repetía en la cabeza: “Tranquilo hombre, hay que ser elegante en la derrota, todos perdemos alguna vez… ¡No! ¡No! Nada de perder seguramente tus poemas le parecieron tan geniales que está planeando robárselo y publicarlos como si fueran de él”. Preferí contarme esa historia en mi cabeza, por lo menos esa noche. Me dormí mirando las grietas del techo y jamás volví al taller de poesía.

Sanchez Thompson

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